Imagen Ourense siglo XXI, P. Damián en «su» Biblioteca de Oseira

In memÓriam.

Llega hasta mi despacho –en el pequeño pueblo de Galicia llamado Oseira –, el sonido majestuoso de las campanas del monasterio, que doblan por el fallecimiento de alguna persona de los alrededores. No pasan ni cinco minutos cuando un amigo llama a la puerta: –Ha fallecido el padre Damián.

En mi mente llamaron multitud de recuerdos. No en vano, gran parte de mis horas de mis vacaciones estudiantiles de verano, transcurrieron entre los libros de la Biblioteca del Monasterio de Oseira. Otras muchas, trabajando y hablando, en ese mismo lugar, con el padre Damián que hace escasos minutos empezó el viaje a los brazos del Padre Dios.

Tenía casi cien años (le faltaba poco más de un año). Su caminar, su hablar era parsimonioso, positivo, alegre, feliz, sereno y, sobre todo, joven. Sí, siempre joven, a pesar de sus gruesísimas gafas y del paso de los años que pareciera que le afectaran demasiado.

Era un amante de la historia, sobre todo, de las historias de los monasterios, y de los monjes que los habitaron. Cuando la informática llegó a las bibliotecas le regalaron un ordenador, -tenía ochenta y tantos- de los primeros que se empezaban a usar entonces. A pesar de su edad, con una paciencia admirable, al poco tiempo, sus publicaciones empezaron a brotar de su viejo ordenador, situado en su despacho, en una de las alas del monasterio, al lado de la biblioteca y con la ventana mirando a otro de «sus amores», la huerta. De allí rodeado de sus queridos libros, bañados por el sol vespertino, salieron gran parte de sus escritos, hasta que el frío del invierno y el otoño de los años le recluyeron en su celda, más acogedora, gracias a la calefacción. (aaa y con un ordenador mucho más moderno).

Una señora del pueblo me contaba recientemente otra anécdota que refiere bien cómo era su joven espíritu: Ayer a la tarde me llamó por teléfono el padre Damián, preguntándome datos sobre una de las personas históricas del pueblo, que estuvo relacionado con el monasterio. Le dije que no sabía mucho. Recién vengo de la Misa. Fui unos minutos antes de que empezara y al entrar en la iglesia, me puse a rezar. Entonces escuché un ruido: chisss, chiss, que al principio no sabía de donde venía. Por fin, descubrí el lugar. Detrás de una de las columnas de la majestuosa iglesia de Oseira, el padre Damián me llamaba. Salí a su encuentro y me dijo: Si tú no sabes de este hombre ¿a quién puedo preguntarle del pueblo que me pueda informar, puesto que estoy escribiendo un artículo y me faltan datos?; –concluía la señora que relataba la historia – ¡Es increíble, tiene casi cien años y está pensando en estas cosas!

La otra pasión del padre Damián, –a parte de la historia y de los libros –, era su huerta. Al llegar la primavera empezaba con sus plantaciones, solitario, silencioso, a veces, canturreando.

Hoy, veintisiete de mayo, después de unas semanas enfermo, se ha ido a la casa del Padre, y las fresas que cada año empezaba a recoger estos días no fueron plantadas. Ni las verduras, ni las espinacas, que tanto recomendaba que comiéramos, porque eran muy ricas y porque tenían muchas las vitaminas.
Cada año de mis últimos cursos de estudiante de filosofía y de teología, en el Seminario, sabía que me esperaban el P. Damián, los libros, la huerta, las fresas. Este año, se fue, y las fresas parece que tardan en brotar.
Gracias P. Damián, por ese espíritu joven, con el que siempre y generosamente compartió su sabiduría, sus libros, los frutos de la huerta y las fresas.

Gumersindo Meiriño Fernández
(*) Doctor en Teología

Publicado en El Correo Gallego:
https://www.elcorreogallego.es/hemeroteca/fresas-padre-damian-yanez-neira-GOCG935452

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