gumersindo.meirinoEl salmista entona un canto de alabanza al nombre de Dios, al mismo tiempo que recuerda las actuaciones de Dios en medio del pueblo de Israel.
Abrir los ojos del espíritu, escuchar los sonidos del silencio, ser capaz de “oler” la realidad de cada día provoca una situación en el corazón humano de armonía y paz.
Por eso de forma espontánea surge ese canto de alabanza al nombre de Dios.
Bucea en tu vida, mira, huele, toca, escucha…, analiza las cosas buenas y maravillosas que hay en ella, si descubres esa realidad tu corazón cantará, cada día, con alegría alabando el nombre de Dios.

SALMO 135-134, 1-12

[¡Aleluya!]
Alabad el nombre del Señor,
alabadlo, siervos del Señor,
que estáis en la casa del Señor,
en los atrios de la casa de nuestro Dios.

Alabad al Señor porque es bueno,
tañed para su nombre, que es amable.
Porque él se escogió a Jacob,
a Israel en posesión suya.

Yo sé que el Señor es grande,
nuestro dueño más que todos los dioses.
El Señor todo lo que quiere lo hace:
en el cielo y en la tierra,
en los mares y en los océanos.

Hace subir las nubes desde el horizonte,
con los relámpagos desata la lluvia,
suelta a los vientos de sus silos.

Él hirió a los primogénitos de Egipto,
desde los hombres hasta los animales.
Envió signos y prodigios
-en medio de ti, Egipto-
contra el Faraón y sus ministros.

Hirió de muerte a pueblos numerosos,
mató a reyes poderosos:
a Sijón, rey de los amorreos,
a Hog, rey de Basán,
y a todos los reyes de Canaán.
Y dio su tierra en heredad,
en heredad a Israel, su pueblo.

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