Foto Wanda Schmocker
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La historia del pueblo de Israel y de su relación con Dios le sirve al salmista para mostrarnos cómo evoluciona esa profunda relación.
En ella quisiera destacar la frase “se abrieron las compuertas del cielo”
Cada vida tiene sus momentos buenos y los menos buenos, como en la relación de Yahvé con el pueblo de Israel. Sin embargo, las compuertas del Cielo están abiertas de par en par para enviar el alimento que cada uno necesita (“el hombre comió pan de héroes”) para caminar como hijos de la luz.

No te atranques en los embates de cada día, mira al cielo, abre la boca para comer de los manjares espirituales que vienen de esas compuertas abiertas.
Hasta mañana, bendiciones

SALMO 78-77 I

Escucha, pueblo mío, mi instrucción,

presta oído a las palabras de mi boca:
abriré mi boca a las parábolas,
para evocar los misterios del pasado.

Lo que oímos y aprendimos,
lo que nos contaron nuestros padres

no lo ocultaremos a nuestros hijos,
lo contaremos a la siguiente generación:
las glorias del Señor y su poder
y las maravillas que realizó.

Pues él hizo un pacto con Jacob
y dio una instrucción a Israel:
él mandó a nuestros padres
que se lo comunicaran a sus hijos,

para que lo supiera la generación venidera,
los hijos que habían de nacer;
y se lo contaran a sus hijos,
para que pusieran en Dios su esperanza,
no olvidaran las hazañas de Dios
y cumplieran sus mandamientos.

Para que no imitaran a sus antepasados:
generación rebelde y obstinada,
generación de corazón inconstante,
de espíritu desleal a Dios.

Los hijos de Efraín, diestros arqueros,
retrocedieron el día del combate;
no guardaron la alianza de Dios
y rehusaron seguir sus instrucciones,
se olvidaron de todas sus hazañas,
y las maravillas que les mostrara:
los portentos que hizo con sus padres
en territorio egipcio, en la campiña de Soán.

Escindió el mar para abrirles paso,
sujetando las aguas como un dique.
Los guiaba de día con la nube,
de noche con el resplandor del fuego.

Hendió la roca en el desierto,
les dio a beber raudales de agua.
Hizo brotar arroyos de una peña
y descender aguas como ríos.

Mas ellos volvieron a pecar contra él
rebelándose en el yermo contra el Altísimo.
Tentaron a Dios en sus corazones
exigiendo comida para su apetito.

Hablaron contra Dios diciendo:
¿podrá Dios preparar una mesa en el desierto?
Verdad es que golpeó la roca,
fluyó el agua y se desbordaron los ríos;
pero, ¿también podrá darnos pan
y proporcionar carne a su pueblo?

Lo oyó el Señor y se indignó,
un incendio estalló contra Jacob
y su enojo ardió contra Israel,
porque no se fiaron de Dios
ni confiaron en su auxilio.

Desde arriba dio orden a las nubes
y abrió las compuertas del cielo;
hizo que les lloviese maná para comer
y les sirvió un trigo del cielo.

El hombre comió pan de héroes,
les mandó provisiones hasta la hartura.
Desde el cielo desencadenó el solano
y desde su fortaleza empujó el siroco.

Hizo que les lloviese carne como polvareda
y aves como arena de la playa.

Las hizo caer en medio del campamento,
alrededor de sus carpas.
Comieron hasta hartarse,
y les satisfizo su avidez.

Apenas saciada su avidez,
con la comida aún en la boca,
la ira de Dios hirvió contra ellos:
dio muerte a los más robustos
y abatió la flor de Israel.

A pesar de todo, volvieron a pecar
y no se fiaron de sus prodigios.
Redujo sus días a un soplo
y sus años a un suspiro.

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