Foto Esteban Verellén

Uno de los pesos que lleva encima la humanidad es el de la finitud. Aquí abajo, en el planeta tierra, estamos de paso. Parece tan obvio. Pero el ser humano se niega a aceptarlo de todo. Dedica años, energías, todo lo que sea por sobrevivir en el planeta. Algunos incluso se despiden de él, en muchas ocasiones, crispados, enojados, negándose a una realidad que, como decía, es obvia, ¡sí somos finitos!
Esta finitud se transforma en algo llevadero cuando el corazón de la persona se abre a Dios y entra en su corazón, “donde mil años en tu presencia son un ayer que pasó”.
Los místicos nos han enseñado de mil formas como ese viaje del planeta tierra a las muchas moradas que Dios tiene preparadas para nosotros, más allá del planeta tierra, no tiene por qué ser un drama sino un descanso en los brazos el Padre Dios.
El tiempo es un regalo que hemos de aprovechar para hacer el bien, para vivir en paz, para gozar de la dicha de estar vivos…, el tiempo no se recupera, o se tira a la basura, de donde nunca más vuelve o se llena de bendiciones y de amor y, entonces nunca más se olvida porque queda grabado para siempre en la eternidad.
Tú decides qué haces con el tiempo limitado que tienes entre manos cada día, hasta que llegue el momento descansar en los brazos del Padre Dios.
Feliz lunes, un hermoso día para llenar el tiempo de amor y grabarlo en el cielo, en el corazón de Dios, en la eternidad.

SALMO 90-89

Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios.

Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó;
una vela nocturna.

Los siembras año por año,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.

¡Cómo nos ha consumido tu cólera
y nos ha trastornado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti,
nuestros secretos ante la luz de tu mirada:
y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,
y nuestros años se acabaron como un suspiro.

Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan.

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,
quién ha sentido el peso de tu cólera?
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos;
por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste,
por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción,
y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.

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