canon-sil-gumersindo-meirinoLo que más deseo en el mundo es…., dices con cierta frecuencia. Te lo he escuchado comentar hace algún tiempo. Te pregunto si eres feliz, porque ya se te ha cumplido el deseo. Me contestas:  ─ Ahora que me dice, fui feliz cuando se cumplió…, pero ahora ya deseo algo más importante…
Tú y yo somos seres que deseamos, forma parte de nuestra existencia.
Ahora bien, si siempre estás deseando lo que no tienes, no te queda tiempo para gozar, disfrutar, regocijarse,  deleitarse…, de lo que ya tienes hoy.
No te centres tanto en lo que deseas, mira más a lo que ya es, amalo, vívelo…
Pasa un buen día, regocíjate con las cosas cotidianas, disfruta de la comida, del sol, del frío…, deja de desear tanto, tu día será maravilloso.
Solo el encuentro con Dios, con el infinito puede calmar, colmar todos los deseos, fíjate en el salmo de hoyes sabiduría divina.
Hasta mañana, sé feliz hoy.

SALMO 42 – 41

Como busca la cierva corrientes de agua,
así mi alma te busca a ti, Dios mío;

tiene sed de Dios, del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

Las lágrimas son mi pan noche y día,
mientras todo el día me repiten: «¿Dónde está tu Dios?»

Recuerdo otros tiempos, y mi alma desfallece de tristeza:
cómo marchaba a la cabeza del grupo,
hacia la casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta.

¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío.»

Cuando mi alma se acongoja, te recuerdo,
desde el Jordán y el Hermón y el Monte Menor.

Una sima grita a otra sima con voz de cascadas:
tus torrentes y tus olas me han arrollado.

De día el Señor me hará misericordia,
de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida.

Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué me olvidas?
¿Por qué voy andando sombrío, hostigado por mi enemigo?

Se me rompen los huesos por las burlas del adversario;
todo el día me preguntan: «¿Dónde está tu Dios?»

¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío.»