sáname
Foto Gigi Tejedor

En el Antiguo Testamento, se unía la enfermedad a la culpa, al pecado. Y, también, hoy. No hace mucho una persona me comentaba, ¿por qué tuvo que enfermar tal persona si no hizo mal a nadie y es una buena mujer?
¡Señor, sáname! Es el grito de este salmo y es una hermosa oración porque la sanación de la persona no es de un dolor físico o mental, sino también espiritual, Ya dijimos que no hay peor dolor que el tormento del alma.
Te la recomiendo para hoy, para que lo repitas en tu mente y en tu corazón.
¡Señor, sáname! Sana mi ira, mi rencor, mi egoísmo, mi pereza, mis palabras hirientes, mis¿ …
Sana mi cuerpo, mi mente,  para que  nunca, ¡nunca! mi espíritu esté atormentado.
Hasta mañana. Feliz día. Bendiciones.

SALMO 41-40

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.
Yo dije: «Señor, ten misericordia,
sáname, porque he pecado contra ti».

Mis enemigos me desean lo peor:
«A ver si se muere, y se acaba su apellido».
El que viene a verme habla con fingimiento,
disimula su mala intención,
y, cuando sale afuera, la dice.

Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí,
hacen cálculos siniestros:
«Padece un mal sin remedio,
se acostó para no levantarse».

Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba,
que compartía mi pan,
es el primero en traicionarme.

Pero tú, Señor, apiádate de mí,
haz que pueda levantarme,
para que yo les dé su merecido.

En esto conozco que me amas:
en que mi enemigo no triunfa de mí.
A mí, en cambio, me conservas la salud,
me mantienes siempre en tu presencia.

Bendito el Señor, Dios de Israel,
ahora y por siempre. Amén, amén.

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