foto Ruth Dacunda
foto Ruth Dacunda

El salmista nos va llevando con este salmo por distintos caminos del mal. Desde las desgracias externas, hasta los tormentos interiores, pasando por la traición del amigo, que evoca inmediatamente, a la traición de Judas a Jesús. Incluso parece que define los hoy conocidos como “ataques de pánico” de forma perfecta.
El mal viaja por el mundo y, a veces, parecer llenarlo todo. Pero el salmista deja un espacio cuando siente la necesidad de orar, de invocar a Dios. De ese espacio brota una fuerza superior que le dará cobijo, llegando a una sabia conclusión: “Confía tu suerte al Señor, y él te sostendrá”.

Hasta mañana paz y bien. Bendiciones

SALMO 55-54

Dios mío, escucha mi oración,
no seas insensible a mi súplica;
atiéndeme y respóndeme.
La congoja me llena de inquietud;
estoy turbado por los gritos del enemigo,
por la opresión de los malvados:
porque acumulan infamias contra mí
y me hostigan con furor.

Mi corazón se estremece dentro de mi pecho,
me asaltan los horrores de la muerte,
me invaden el temor y el temblor,
y el pánico se apodera de mí.

¡Quién me diera alas de paloma
para volar y descansar!
Entonces huiría muy lejos,
habitaría en el desierto.

Me apuraría a encontrar un refugio,
contra el viento arrasador y la borrasca.

Confunde sus lenguas, Señor, divídelas,
porque no veo más que violencia
y discordia en la ciudad,
rondando día y noche por sus muros.
Dentro de ella hay maldad y opresión,
en su interior hay ruindad;
la crueldad y el engaño
no se apartan de sus plazas.

Si fuera mi enemigo el que me agravia,
podría soportarlo;
si mi adversario se alzara contra mí,
me ocultaría de él.

¡Pero eres tú, un hombre de mi condición,
mi amigo y confidente,
con quien vivía en dulce intimidad:
juntos íbamos entre la multitud
a la Casa del Señor!

Que la muerte los sorprenda,
que bajen vivos al Abismo,
porque dentro de sus moradas
sólo existe la maldad.

Yo, en cambio, invoco al Señor,
y él me salvará.
De tarde, de mañana, al mediodía,
gimo y me lamento,
pero él escuchará mi clamor.

Él puso a salvo mi vida;
se acercó cuando eran muy numerosos
los que estaban contra mí.

Dios, que reina desde siempre,
los oyó y los humilló. Pausa
Porque ellos no se corrigen
ni temen a Dios;
alzan las manos contra sus aliados
y violan los pactos.

Su boca es más blanda que la manteca,
pero su corazón desea la guerra;
sus palabras son más suaves que el aceite,
pero hieren como espadas.

Confía tu suerte al Señor,
y él te sostendrá:
nunca permitirá que el justo perezca.

Y tú, Dios mío, los precipitarás
en la fosa más profunda.
Los hombres sanguinarios y traidores
no llegarán ni a la mitad de sus días.
Yo, en cambio, confío en ti, Señor.

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