espiritu-santo-decenarioLectura y reflexión para el quinto día del Decenario al Espíritu Santo

Evangelio según San Juan 17,1-11a:
Jesús levantó los ojos al cielo, diciendo:
“Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti,
ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a todos los que tú les has dado.
Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste.
Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera.
Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra.
Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti,
porque les comuniqué las palabras que tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste.
Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos.
Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado.
Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a ti.”

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Reflexión:

Jesús nació en una familia: José, María, Jesús. Los evangelios así lo manifiestan. Desde el primer instante están presentes en su vida otras fuerzas espirituales que se manifiestan en los ángeles que se aparecen a los pastores e incluso en la estrella que guía a los tres magos de Oriente hasta el lugar donde nació el niño. Poco sabemos de los treinta primeros años de la vida de Jesús. Sí, sabemos que al empezar sus años conocidos, lo que se denomina vida pública, se rodeó de un grupo de hombres, llamados apóstoles y de discípulos. El ser humano camina siempre rodeado de otras personas que le acompañan en su misión en la tierra. Pero además de estas personas materiales, también de los guías espirituales, de ángeles, de seres espirituales que son testigos de nuestro camino.

Estamos preparándonos para la fiesta del Espíritu Santo. No olvides tu parte espiritual, de cultivarla, de alimentarla, de renovarla…, no caminas solo. Eres espíritu, otros espíritus hermanos caminan contigo, son tus hermanos los seres humanos y otros espíritus, ángeles. No dejes de repetir:

Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de Sabiduría. Amén.

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Esto decía San Antonio de Padua sobre el Espíritu Santo:

El Espíritu Santo es un “río de fuego” (Dn 7,10), un fuego divino. Tal como el fuego actúa sobre el hierro, así este fuego divino actúa sobre los corazones sucios, fríos y duros. Al contacto con este fuego, el alma pierde poco a poco su negrura, su estado frío, su dureza. Se transforma y se vuelve del todo semejante al fuego que la abrasa. Porque si el Espíritu se da al hombre, si recibe su soplo, es para transformarlo a su semejanza tanto como es posible. Bajo la acción del fuego divino el hombre se purifica, se enardece, se vuelve líquido, y llega al amor de Dios, tal como lo dice el apóstol Pablo: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5).

Terminar como todos los días con las oraciones finales:

Oraciones finales

¡Espíritu Santo envía sobre mí, sobre mi familia, sobre mi trabajo los siete dones para que se haga la voluntad de Dios sobre mí y sobre toda la creación!
Ilumina mi mente para descubrir tu voluntad, fortalece mi voluntad para cumplirla Por Jesucristo nuestro Señor Amén.
¡Oh, María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti!
¡Jesús en ti confío!

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