Ante el mal, la injusticia, el poder malvado, la perversión, la mentira…, ante muchas de estas situaciones el ser humano se puede sentir -seguimos con la segunda parte del salmo de ayer- impotente, desbordado. El solo no puede llevar sobre su hombro tantas cargas, entonces clama al Eterno, a Dios, desde la humildad. E incluso termina cantando: Daré gracias al Señor, el Grande, con mi boca, y en medio de los ancianos lo alabaré
Jaculatoria-mantra decreto: Ayúdame, Señor, Dios mío, sálvame según tu amor.

 Salmo 109 (108) II

Porque soy humilde y pobre,
y mi corazón ha sido traspasado;
me desvanezco
como una sombra que declina,
me espantan como a la langosta;
se me doblan las rodillas por el ayuno,
y, sin grasa, enflaquece mi carne.
Soy la burla de ellos,
al verme menean la cabeza.

Ayúdame, Señor, Dios mío,
sálvame según tu amor.
Sepan que tu mano hizo esto,
que tú, Señor, lo hiciste.

Maldigan ellos, que tú me bendecirás;
levántense y sean confundidos,
que tu siervo se alegrará.
Vístanse de oprobio mis acusadores
que su infamia los cubra como un manto.

Daré gracias al Señor, el Grande, con mi boca,
y en medio de los ancianos lo alabaré,
porque se puso a la derecha del pobre
para salvar su vida de los jueces.

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