En el Oriente Próximo se atribuía al rey como un halo luminoso dorado que lo rodeaba, semejante a cómo pintan los santos en la iglesia católica, con un halo de luz que rodea su cabeza. Es el mismo halo de luz dorada que te rodea a ti cuando cantas o rezas con fe y te conectas con Dios porque reconoces tu realeza, eres hij@ del Rey. ¿Lo recuerdas cuando rezas el Padrenuestro? ¿Eres consciente de que le dices a Dios, Papá? Es la corona de oro fino de la que habla el salmo.
Puedes repetir este mantra-decreto-jaculatoria: Tengo en mi cabeza una corona de oro fino: soy hij@ de Dios.
Paz y bien amigo-a, hasta mañana.

SALMO 21-20, 2-8. 14

Señor, el rey se alegra por tu fuerza,
¡y cuánto goza con tu victoria!
Le has concedido el deseo de su corazón,
no le has negado lo que pedían sus labios.

Te adelantaste a bendecirlo con el éxito,
y has puesto en su cabeza una corona de oro fino.
Te pidió vida, y se la has concedido,
años que se prolongan sin término.

Tu victoria ha engrandecido su fama,
lo has vestido de honor y majestad.
Le concedes bendiciones incesantes,
lo colmas de gozo en tu presencia;
porque el rey confía en el Señor,
y con la gracia del Altísimo no fracasará.

Levántate, Señor, con tu fuerza,
y al son de instrumentos cantaremos tu poder.

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