salmo-35-meirino-fernandezSigue el salmista de ayer su plegaria con palabras y sentimientos fuertes. Otra vez unos enemigos que ahora incluso traman su desgracia con maldades de todo tipo. El salmista intenta devolver bien por mal. Sin embargo, ellos, los enemigos se regocijan cuando él cae.
Mientras Dios, parece dormido, no actúa, no le defiende… ¿Dónde está Dios, ahora que más lo necesito, dónde está? La pregunta es profunda. Los seres humanos decidimos sobre muchas cosas y algunas veces incluso sobre otras personas, pero muchas pertenecen al misterio de la Vida, del Amor. No se puede controlar todo y a todos. Aceptar el misterio es también parte de nuestro recorrido por el planeta tierra.

SALMO 35 (34) II

Comparecían testigos falsos,
me interrogaban de cosas que ni sabía,
me pagaban mal por bien
dejándome desamparado.

Yo en cambio, cuando estaban enfermos,
me vestía sayal,
me afligía con ayunos
y, en mi interior, repetía mi oración.

Como por un amigo o un hermano
caminaba de uno a otro lado,
como quien llora a su madre,
andaba triste y abatido.

Pero cuando tropecé, se alegraron,
se juntaron, se juntaron contra mí.
Me desgarraban por sorpresa,
me desgarraban sin parar.

Si caía, los burlones del entorno
rechinaban los dientes contra mí.

Señor, ¿cuándo vas a fijarte?
Libra mi vida de sus fosas,
mi única vida de los leones.
Te daré gracias en la gran asamblea,
ante un pueblo numeroso te alabaré.

Que no canten victoria
mis enemigos traidores,
que no se hagan guiños
los que me odian sin razón;

porque hablan de paz
y contra los pacíficos de la tierra
traman planes siniestros.

Abren sus fauces contra mí; se carcajean:
Lo han visto nuestros ojos.

Tú lo has visto, Señor, no te calles,
Dueño mío, no te quedes lejos.
Despierta, levántate en mi juicio,
en defensa de mi causa, Dios y Dueño mío.

Júzgame según tu justicia, Señor Dios mío,
y no se reirán de mí,
ni pensarán: ¡Qué bien, lo que queríamos!;
tampoco dirán: ¡Lo hemos devorado!

Sean avergonzados y confundidos a una
los que se alegran de mi desgracia;
cúbranse de vergüenza e ignominia
los que se envalentonan contra mí.

Que se alegren y griten de júbilo
los que desean mi victoria,
y digan siempre: Sea enaltecido el Señor,
que da la paz a su siervo.

Y mi lengua anunciará tu justicia
y tu alabanza todo el día.

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