Imagen de Adriana Virgilio, desde Ituzaingó Corrientes Argentina

El salmo trata un tema delicado: la enfermedad y su relación con el pecado.
El dolor físico, la enfermedad, tiene -según el salmista- una doble causa por una parte Dios, «tu enojo»  y, por otra la del poeta, «mi pecado». Dios ha de aplacar su ira  y el pecador confesar su culpa.
El salmista, confiesa su pecado y pone toda su confianza en Dios, que responderá.  Y es cierto, a lo largo de la historia, no pocas personas se han encontrado con Dios en la miseria del pecado o en el dolor físico de la enfermedad.
Mantra: Dios mío, no te alejes de mí.
Hasta mañana, Buen Camino.
Si quieres puedes escucharlo

Salmo 37 A

Señor, no me reprendas con ira,
no me corrijas con furor.
Tus flechas se me han clavado
y tu mano pesa sobre mí.

No hay parte ilesa en mi cuerpo,
a causa de tu enojo,
no me queda un hueso sano,
a causa de mi pecado.

Mis culpas sobrepasan mi cabeza;
como fardo pesado gravitan sobre mí.

Hieden mis llagas podridas,
a causa de mi insensatez.

Estoy encorvado, profundamente abatido,
todo el día camino sombrío.
¡Tengo las espaldas ardiendo,
no hay parte ilesa en mi cuerpo!

Agotado, totalmente aplanado,
rujo y bramo en mi interior.
Señor mío, mis lamentos están ante ti,
no se te ocultan mis gemidos.

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