En la existencia humana, casi siempre, es más importante lo que no se ve, que lo que se ve. En situaciones de hostigamiento, acoso, ataques…, surge siempre una pregunta, ¿dónde está Dios? La respuesta es: en el mismo lugar que estaba cuando todo te iba bien…., Dios está siempre presente, activo, amoroso. El que cambias eres tú y tus circunstancias.
Te propongo repetir esta jaculatoria-mantra-decreto, tomada de este salmo: “En Dios confío y no temo“.
Hasta mañana. Paz y bien.

Salmo 56-55

Misericordia, Dios mío, que me hostigan,
me atacan y me acosan todo el día;
todo el día me hostigan mis enemigos,
me atacan en masa.

Levántate en el día terrible,
yo confío en ti.

En Dios, cuya promesa alabo,
en Dios confío y no temo:
¿qué podrá hacerme un mortal?

Todos los días discuten y planean
pensando sólo en mi daño;
buscan un sitio para espiarme,
acechan mis pasos y atentan contra mi vida.

Resérvalos para el desastre,
derriba con tu ira a los pueblos, oh Dios.

Anota en tu libro mi vida errante,
recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío.

Que retrocedan mis enemigos cuando te invoco,
y así sabré que eres mi Dios.

En Dios, cuya promesa alabo,
en el Señor, cuya promesa alabo,
en Dios confío y no temo;
¿qué podrá hacerme un hombre?

Te debo, Dios mío, los votos que hice,
los cumpliré con acción de gracias;
 porque libraste mi alma de la muerte,
mis pies de la caída;
para que camine en presencia de Dios
a la luz de la vida.

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