A partir de aquí se acumulan los imperativos en los que se muestra al Dios fiel, de inmensa ternura y amor, que no puede permanecer indiferente ante tanta maldad. Él conoce la necedad, el oprobio, la vergüenza y la deshonra. El salmista pide que Dios actúe contra los malvados enviado doce improperios, hasta borrarlos del libro de la vida.
Dios escucha a los pobres de ahí que brote inspira un himno de acción de gracias personal y cósmico. Que veremos mañana en la tercera parte del salmo, mientras podemos decir este mantra- jaculatoria- decreto: Acércate a mí, rescátame.
Paz y Alegría, feliz jornada.

Salmo 68 B

Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude:

Arráncame del cieno, que no me hunda;
líbrame de los que me aborrecen,
y de las aguas sin fondo.

Que no me arrastre la corriente,
que no me trague el torbellino,
que no se cierre la poza sobre mí.

Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia,
por tu gran compasión vuélvete hacia mí;
no escondas tu rostro a tu siervo:
estoy en peligro, respóndeme en seguida.

Acércate a mí, rescátame,
líbrame de mis enemigos:
estás viendo mi afrenta,
mi vergüenza y mi deshonra;
a tu vista está los que me acosan.

La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre.

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