Esta es la segunda parte del salmo de ayer, después del pacto, David no fue fiel y todo parecía derrumbarse. Aunque parezca ir mal, al final el canto del salmista -claro y concreto- es de esperanza  es el que te propongo como jaculatoria-mantra-decreto: ¡Bendito el Señor, por siempre. Amén!
Paz y Bien, hasta mañana

Salmo 89-88 II

Pero tú, enojado con tu Ungido,
lo rechazaste y despreciaste;
anulaste la alianza con tu siervo,
profanaste por tierra su diadema.

Destruiste todas sus murallas
y derrocaste sus fortalezas;
lo saquearon todos los viandantes,
fue la irrisión de sus vecinos.

Enalteciste la diestra de sus adversarios,
y ensalzaste las manos de sus enemigos.
En tu ira, embotaste el filo de su espada,
y no lo sostuviste en el combate.

Le quitaste su espléndido cetro,
y su trono por tierra derribaste.
Acortaste los días de su juventud
y lo cubriste de ignominia.

¿Hasta cuándo, Señor,
te ocultarás siempre?
¿Hasta cuándo arderá
como fuego tu enojo?

Recuerda, Señor, que mi vida es corta,
¿creaste para nada a los mortales?
¿Quién vivirá sin ver la muerte?,
¿quién escapará de las garras del Abismo?
¿Dónde está, Dueño mío, tu amor de antaño,
el amor fiel que juraste a David?

Recuerda, Señor, el ultraje de tus siervos,
cómo aguanta mi pecho
las saetas de los pueblos:

Así como mis enemigos me insultan, Señor,
también insultan alevosamente a tu Ungido.

* * *
¡Bendito el Señor por siempre! Amén, amén.

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