Foto Crístiane Murray
Foto Crístiane Murray

En la segunda parte del salmo entramos en el lugar de la salvación. Ahí el botín es abundante, la fortuna es grande. Aunque sí nos habíamos preparado, la cosecha es tan grande que es inmerecida, es demasiado elevada, tanto que al salmista le brota un canto de alabanza.
Si no has entendido que lo recibido, las gracias y dones son tan absolutamente maravillosos: la vida con todo lo que conlleva, no podrás entender a Dios y cantar himnos de alabanza, agradeciendo.
Por el contrario si eres capaz de reconocer las  maravillas de las que estás rodeado tendrás ese canto de alegría que extenderás a Dios a quien descubrirás como el autor de todas ellas.
No dejes de alabar a los que están a tu lado, de animarlos, también así alabas y bendices a Dios.
Hasta mañana, paz y bien.

SALMO 68-67

Mi Señor pronuncia un oráculo,
y una multitud anuncia la noticia:
Los reyes, los ejércitos huyen, van huyendo,
y las mujeres de la casa reparten el botín.

Mientras dormían en los apriscos,
las alas de paloma se cubrían de plata,
y sus plumas de oro amarillo.

Cuando el Todopoderoso dispersaba reyes,
nevaba en el Monte Salmón.

Montaña altísima es la montaña de Basán,
montaña escarpada es la montaña de Basán.
¿Por qué envidian, montañas escarpadas,
al monte que Dios eligió para habitar?
El Señor habitará en él por siempre.

Los carros de Dios son miles y miles,
los arqueros, millares:
el Señor marcha del Sinaí al santuario.

Subiste a la cumbre llevando cautivos,
recibiste tributo de seres humanos,
aun de quienes se oponían
a la mansión del Señor Dios.

Bendito sea el Señor día tras día:
Dios, nuestro salvador, nos alivia.
Nuestro Dios es un Dios salvador,
el Señor, mi Dueño, nos libra de la muerte.

Dios aplasta la cabeza de sus enemigos,
el cráneo melenudo de los criminales.
Dice el Señor: Los traeré de Basán,
los traeré desde el fondo del mar,
para que bañes tus pies en su sangre
y la lengua de los perros
tenga en tus enemigos su porción.

Aparece tu cortejo, oh Dios,
el cortejo de mi Dios, mi Rey, al santuario.

Al frente marchan los cantores,
al final, los arpistas;
en medio, las jovencitas
van tocando panderos.

En la asamblea bendicen a Dios,
al Señor en la congregación de Israel.

Miren: los guía Benjamín, el más pequeño,
los príncipes de Judá y sus huestes,
los príncipes de Zabulón,
los príncipes de Neftalí.

¡Manda, oh Dios, tu fuerza,
refuerza, oh Dios, lo que hiciste por nosotros
tu templo de Jerusalén!
Que te traigan los reyes su tributo.

Reprime a la Fiera del Cañaveral,
a la manada de Toros,
a los Novillos de los pueblos:
que se sometan con lingotes de plata.

¡Dispersa a los pueblos belicosos!
Que los mercaderes de Egipto
vengan con regalos,
Etiopía tienda sus manos hacia Dios.
Reinos del mundo, canten a Dios,
toquen para nuestro Señor.

¡Véanlo cabalgando por los cielos,
los cielos antiguos!
¡Ya lanza su voz,
su voz de victoria!

Reconozcan la victoria de Dios:
sobre Israel, su majestad,
su poderío, sobre las nubes.

Dios es terrible en su santuario.
Ciertamente el Dios de Israel
da fuerza y poder a su pueblo.
¡Bendito sea Dios!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *