Jesús desde la cruz dice una frase de este salmo “Dios, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Leyendo el salmo parece que estamos en pleno viernes de pasión.  Es posible que en algunos momentos de nuestra existencia hayamos revivido sentimientos parecidos. Si es así, siempre hay una puerta abierta, una oración que da esperanza: “Tú, Señor, no te quedes lejos“.
Aún en esos momentos, Dios no está lejos, recuérdalo, tenlo presente. Y nunca mejor dicho para estos día de la Nochebuena, Dios está cerca, tanto, que es uno de nosotros y lo celebramos con gozo, con optimismo y esperanza, ¡Feliz Navidad! amig@ Paz en tu corazón, en tu familia, en tu país, en el planeta, en el Cosmos….
La jaculatoria-mantra de hoy puede ser: Dios está cerca, ¡Ven, Señor, Jesús!.
Hasta mañana, bendiciones.

Salmo 22-21. I

¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?,
¿por qué estás ajeno a mi grito,
al rugido de mis palabras?

Dios mío, te llamo de día y no respondes,
de noche y no hallo descanso;
aunque tú habitas en el santuario,
gloria de Israel.

En ti confiaban nuestros padres,
confiaban y los ponías a salvo;
a ti clamaban y quedaban libres,
en ti confiaban y no los defraudaste.

Pero yo soy un gusano, no un hombre:
vergüenza de la humanidad, asco del pueblo;
al verme se burlan de mí,
hacen muecas, menean la cabeza:

Acudió al Señor, que lo ponga a salvo,
que lo libre si tanto lo ama.
Fuiste tú quien me sacó del vientre,
me confiaste a los pechos de mi madre;
desde el seno me encomendaron a ti
desde el vientre materno tú eres mi Dios.

No te quedes lejos,
que el peligro se acerca y nadie me socorre.

Me acorrala un tropel de novillos,
toros de Basán me cercan;
abren contra mí sus fauces:
leones que descuartizan y rugen.

Me derramo como agua,
se me descoyuntan los huesos;
mi corazón, como cera,
se derrite en mi interior;

mi garganta está seca como una teja,
la lengua pegada al paladar.
¡Me hundes en el polvo de la muerte!

Unos perros me acorralan,
me cerca una banda de malvados.

Me inmovilizan las manos y los pies,
puedo contar todos mis huesos.
ellos me miran triunfantes:
se reparten mis vestidos, se sortean mi túnica.

Pero tú, Señor, no te quedes lejos,
Fuerza mía, ven pronto a socorrerme;

libra mi vida de la espada,
mi única vida, de las garras del mastín;
sálvame de las fauces del león,
defiéndeme de los cuernos del búfalo.

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