Imagen de Francisco X Castro Miramontes ofm

Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».
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Leon Magno escribe: En estos días, el Señor se junta y acompaña a dos discípulos que iban de camino; y para disipar en nosotros toda tiniebla de duda, reprende la tardanza en creer de estos hombres asustadizos y amedrentados. Sus corazones iluminados reciben la llama de la fe, estaban tibios, y al explicarles el Señor las Escrituras, se vuelven fervorosos.
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Jerusalén, el monte Sión y el Templo son más que lugares físicos. Son el hogar donde vive Dios.
En Jerusalén Jesús muere y vuelve a la Vida.
Jerusalén es tu corazón, déjalo que arda en Amor y retorne el espíritu de escucha y de perdón, de gozo y de saciedad, de abundancia y de belleza.
El fiel acude al Templo, –a su interior– y se encuentra con Yahvé que le escucha y le responde.
En su presencia la tierra se viste de colores, las espigas, movidas por el viento, aplauden y cantan….
La creación entera vive, canta, alaba, aplaude…, ¿y tú?…, pues o haces (hago) lo mismo, o te quedas al margen del cántico de la Creación.
La Pascua es un Verdadero Canto a la Vida, a la Creación. Es un Canto Cósmico.
Decreto: Los valles se visten de mieses, que claman y cantan.
Paz y Alegría, hasta mañana.

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Salmo 64

¡Oh Dios!, tu mereces un himno en Sión,
y a ti se te cumplen los votos,
porque tu escuchas las suplicas.

A ti acude todo mortal
a causa de sus culpas;
nuestros delitos nos abruman,
pero tú los perdonas.

Dichoso el que tu eliges y acercas
para que viva en tus atrios:
que nos saciemos de los bienes de tu casa,
de los dones sagrados de tu templo.

Con portentos de justicia nos respondes,
Dios, salvador nuestro;
tú, esperanza del confín de la tierra
y del océano remoto;

tú, que afianzas los montes con tu fuerza,
ceñido de poder;
tú, que reprimes el estruendo del mar,
el estruendo de las olas
y el tumulto de los pueblos.

Los habitantes del extremo del orbe
se sobrecogen ante tus signos,
y a las puertas de la aurora y del ocaso
los llenas de júbilo.

Tú cuidas de la tierra, la riegas
y la enriqueces sin medida;
la acequia de Dios va llena de agua
preparas los trigales;

riega los surcos, iguala los terrones.
Tu llovizna los deja mullidos,
bendices sus brotes;
coronas el año con tus vienes,
las rodadas de tu carro rezuman abundancia;

rezuman los pastos del páramo,
y las colinas se orlan de alegría;
y las praderas se cubran de rebaños,
y los valles se visten de mieses,
que claman y cantan.

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