Finisterre, puesta de sol, imagen Benjamín Villarino

Después del éxodo, que recitamos de la parte del salmo de ayer, el poeta nos muestra el nuevo hogar del pueblo lleno de riquezas y de abundancia. Los reyes huyen dejando tras de sí un rico botín para Israel. Las altas montañas tienen envidia y se inclinan ante la humilde colina de Sión, donde Dios ha elegido vivir. Hasta los más poderosos forman parte del cortejo divino que avanza hasta Sión, flanqueado por su gran ejército. Esto merece una gran celebración que continuará en la tercer parte del salmo que recitaremos mañana.
Jaculatoria- Mantra- Decreto: Bendito el Señor (Adonai) cada día, Dios lleva nuestras cargas.
Paz y Alegría, hasta mañana.

Salmo 67 B

El Señor pronuncia un oráculo,
millares pregonan la alegre noticia:
«Los reyes, los ejércitos van huyendo, van huyendo;
las mujeres reparten el botín.

Mientras reposabais en los apriscos,
las alas de la paloma se cubrieron de plata,
el oro destellaba en su plumaje.
Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes,
la nieve bajaba sobre el Monte Umbrío.»

Las montañas de Basán son altísimas,
las montañas de Basán son escarpadas;
¿por qué tenéis envidia, montañas escarpadas,
del monte escogido por Dios para habitar,
morada perpetua del Señor?

Los carros de Dios son miles y miles:
Dios marcha del Sinaí al santuario.
Subiste a la cumbre llevando cautivos,
te dieron tributos de hombres:
incluso los que se resistían
a que el Señor Dios tuviera una morada.

Bendito el Señor cada día,
Dios lleva nuestras cargas, es nuestra salvación.
Nuestro Dios es un Dios que salva,
el Señor Dios nos hace escapar de la muerte.

Dios aplasta las cabezas de sus enemigos,
los cráneos de los malvados contumaces.
Dice el Señor: «Los traeré desde Basán,
los traeré desde el fondo del mar;
teñirás tus pies en la sangre del enemigo,
y los perros la lamerán con sus lenguas.»

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