Atardecer en Ituzaingó, imagen de Rocío Abril

 Sorprenden, al principio, este inmenso mar de imágenes que encierran un profundo dolor: aguas profundas, ciénagas sin fondo, corrientes arrolladoras…, el diluvio del mal. De todo este diluvio brota el grito inicial: «¡Sálvame!».
El salmista sufre a causa de los pecados personales; pero también por ser fiel a Dios y a su Templo, por las prácticas penitenciales y siente que se ha quedado solo.
En el salmo de mañana buscará una salida a esta triste situación, mientras podemos repetir esta jaculatoria- mantra- decreto: Dios mío, sálvame que me llega el agua al cuello. 
Paz y Alegría. Hasta mañana.

Salmo 68 A

Dios mío, sálvame,
que me llega el agua al cuello:
me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente.

Estoy agotado de gritar,
tengo ronca la garganta;
se me nublan los ojos
de tanto aguardar a mi Dios.

Más que los cabellos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;

más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver
lo que no he robado?

Dios mío, tú conoces mi ignorancia,
no se te ocultan mis delitos.
Que por mi causa no queden defraudados
los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.

Que por mi causa no se avergüencen
los que te buscan, Dios de Israel.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.

Soy un extraño para mis hermanos,
un extraño para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.

Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí;
cuando me visto de saco, se ríen de mí;
sentados a la puerta murmuran,
mientras beben vino me cantan burlas.

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