Imagen Wanda Schmocker


A pesar de las afrentas que pasa el Ungido, el salmista levanta la voz al Altísimo, Yhavé, el Adonai, (el Señor), para pedir ayuda, compasión…, en espera de la respuesta no duda en terminar y afirmar -y ese es el mantra- decreto- jaculatoria de hoy- ¡Bendito sea Adonai (el Señor) por siempre. Amén Amén!»:
Feliz jornada, paz y alegría.

Salmo 88 E

¿Hasta cuándo, Señor, estarás escondido
y arderá como un fuego tu cólera?
Recuerda, Señor, lo corta que es mi vida
y lo caducos que has creado a los humanos.

¿Quién vivirá sin ver la muerte?
¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?
¿Dónde está, Señor, tu antigua misericordia
que por tu fidelidad juraste a David?

Acuérdate, Señor, de la afrenta de tus siervos:
lo que tengo que aguantar de las naciones,
de cómo afrentan, Señor, tus enemigos,
de cómo afrentan las huellas de tu Ungido.

Bendito el Señor por siempre. Amén, amén.

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