Hay un contraste visual potente: el malvado parece un «cedro frondoso», imponente y arrogante, pero un momento después… ¡pum!, ya no está. El salmista nos invita a observar al hombre de paz porque «hay un futuro para el hombre de paz». La salvación no es algo que el justo fabrica con sus manos; es algo que «viene del Señor»
