En los días en que te sientas insignificante o abrumado por tus fallos, lee el Salmo 8. Nos recuerda que nuestro valor no viene de lo que hacemos o de lo que tenemos, sino de Quién nos pensó. Trata hoy a los demás (y a ti mismo) con esa dignidad: como alguien por quien Dios tiene un cuidado especial.
