En aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a […]
En aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a […]
En aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la […]
Jesús le puso otra vez las manos en los ojos al ciego; el hombre miró: […]
En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo: « Yo les he […]
En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo: «Padre justo, si el […]
Jesús les dijo: «Tened fe en Dios. Porque de cierto os digo que cualquiera que […]
Lo más poderoso de este salmo es la distinción entre las fuentes de confianza. El mundo dice: «Unos confían en sus carros, otros en su caballería» (hoy serían el dinero, los contactos o el currículum). Pero el creyente dice: «Nosotros invocamos el nombre del Señor». No es que los recursos humanos sean malos, es que son insuficientes. La verdadera victoria es la que Dios concede al «ungido», es decir, a aquel que pone su misión en manos de la voluntad divina.
Salmo 18 A, recorriendo el Camino. En la era de las pantallas y el ruido constante, hemos perdido la capacidad de escuchar el «susurro» de la noche o el «mensaje» del día. Este salmo nos invita a la contemplación. Espiritualmente, nos recuerda que no hay excusa para no conocer a Dios, pues Su firma está en cada amanecer. Prácticamente, nos llama a cuidar la creación: si el cielo proclama Su gloria, destruir la naturaleza es como arrancar páginas de un libro sagrado.
Salmo 16 A, Vivimos en la era de la imagen pública, donde nos importa más «parecer» que «ser». Este salmo nos invita a la coherencia radical.
Prácticamente, nos pide que nuestras palabras en público coincidan con nuestros pensamientos en privado. Es un llamado a caminar con paso firme por la senda de los valores, incluso cuando el camino se pone difícil o nos sentimos juzgados injustamente.
Cuando veas injusticias en tu trabajo, en tu familia o en el mundo, no reprimas tu sentimiento. Haz como el salmista: dile a Dios que te parece que está lejos. La fe no es negar la realidad, sino presentar esa realidad ante el Único que puede cambiarla. Al final, el Salmo 10 nos recuerda que Dios es el «Padre de los huérfanos» y que Él escucha el deseo de los humildes.