Esta parte del salmo entra en el misterio de la vida como obra directa de Dios. No somos fruto del azar, sino pensamiento amoroso, tejido paciente, proyecto querido.
Dios no solo nos acompaña después de nacer: nos sueña antes de existir. Cada día, cada etapa, cada paso ha sido mirado, conocido, confiado.
Aquí la fe se vuelve dignidad: mi vida tiene peso, tiene sentido, tiene historia en el corazón de Dios.
Y también confianza: aunque no entienda mis caminos, Él los conoce primero.
