Este salmo nos introduce en la alabanza pura, aquella que no nace de la urgencia ni del peligro, sino del reconocimiento amoroso de quién es Dios.
Después del clamor y la súplica de los salmos anteriores, el orante se detiene y proclama:
Dios reina, Dios es bueno, Dios permanece.
Entrar en este salmo es cruzar del combate a la contemplación agradecida.
