
María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos.
La casa se impregnó con la fragancia del perfume.
Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo:
«¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?»
Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella.
Jesús le respondió: «Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura.
A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre».
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Este pasaje evangélico ha sido interpretado por los Padres y teólogos como símbolo de realidades espirituales. Así lo hace Bernardo de Claraval cuando escribe:
Os he hablado ya de dos perfumes espirituales: el de la contrición, que se extiende a todos los pecados –cuyo símbolo es el perfume que la mujer pecadora ha derramado a los pies del Señor: “Toda la casa quedó llena de su olor”; y hay también el de la devoción, que encierra todos los beneficios de Dios… Pero hay un perfume que va mucho más allá de estos dos; lo llamaré el perfume de la compasión.
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A las personas, en el fondo, se las conoce más por el perfume que dejan y derraman a su paso que por lo que dicen o hacen.
Hoy, Lunes Santo, es un buen día para preguntarte/me: ¿qué perfume estás derramando?
Jaculatoria de hoy la tienes en el enlace del salmo, haz clik en el título que hay bajo la foto:

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