Soltar el Pasado, mirar hacia delante

Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
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El Sábado Santo es un día de silencio y espera. Jesús yace en el sepulcro, pero su misericordia sigue viva en cada corazón que busca perdón. Como aquella mujer a quien los acusadores abandonaron, hoy también nosotros podemos escuchar su voz: «Tampoco yo te condeno». Es el momento de dejar caer las piedras que cargamos: el enojo, el rencor, la ira, la envidia… Todo lo que nos roba la paz.


El Salmo de David: Un Canto de Liberación

Hace miles de años, el rey David —un gran rey, una gran persona, pero también un gran pecador— compuso salmos para clamar misericordia. Hoy, en este Sábado Santo, su oración resuena con fuerza:

«Lávame de mi maldad,
limpiame de mi pecado…
Crea en mí, oh Dios, un corazón puro,
renueva en mí un espíritu firme.»
(Sal 50, 2.12)

David supo que la purificación no es un castigo, sino una liberación. Este día, en el silencio de la tumba, podemos hacer lo mismo: entregar a Dios lo que nos ata y dejar que su amor limpie nuestro pasado.


Ejercicio de Pascua: Purifica tu Corazón.

Puedes hacer este Ejercicio de Pascua: Purifica tu pasado haciendo clik aquí.
Paz y bien, hasta mañana amigo-a. Bendiciones.

Escúchalo:

Salmo 50

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.

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