Otro, que era discípulo, le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.» […]
Otro, que era discípulo, le dijo: «Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.» […]
El estribillo insiste de nuevo con fuerza: «porque es eterna su misericordia». Para el pueblo de Israel, el Éxodo y el paso del mar Rojo no eran simples relatos del pasado, sino la prueba viva de que Dios interviene activamente cuando su gente sufre. La «mano poderosa» y el «brazo extendido» del Señor representan ese amor protector que no se conforma con vernos sometidos al miedo, al pecado o al desánimo. En nuestra vida cotidiana, a menudo nos topamos con «mares Rojos»: situaciones bloqueadas, problemas de los que no vemos salida o ataduras interiores. Este salmo nos invita a confiar en que la misericordia de Dios sigue abriendo senderos donde antes solo había obstáculo e imposibilidad.
La misericordia ya no se manifiesta solo en la creación, sino en la historia concreta de opresión y de salida.
Lo que para el mundo parece fuerza, juicio o ruptura, el salmo lo nombra como misericordia, porque la misericordia no es solo ternura: es también intervención que rompe cadenas.