Amapola de clima cálido, en el campo de Carolina – Goya Arg, imagen de Laura Castro

En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró Jesús diciendo: «Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos».

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El salmista se siente afianzado en Dios —lo vimos ayer— y ahora empieza a relatar su pesar.

Este es el tramo más humano y «crudo» del salmo. Aquí no hay poses; hay dolor real, ojos hinchados de llorar y esa sensación horrible de sentirse un «cacharro inútil» que a nadie le importa. Pero justo ahí, en el fondo del pozo, es donde se lanza el ancla más fuerte.

Primero describe sus dolencias físicas, luego sus problemas de relación con los demás, para después retornar a la confianza en Dios y pedirle justicia contra quienes le han causado el mal: los enemigos.

Recuerda que los enemigos —y son más peligrosos que los externos— son siempre los interiores: odio, ira, rencor, venganza, gula, avaricia, pereza…

Y en el peor momento, justo cuando dice que es un «cacharro inútil», exclama: «En tu mano está mi destino».

Dios no colecciona trofeos perfectos; Dios restaura vasijas rotas.

🗣️  Herramientas 

🙏 Jaculatoria:

Yo confío en ti, Señor (Adonai).
«En tu mano está mi destino, Señor; sálvame por tu misericordia.»

🎯 Reto del día: «Restaurar lo inútil». Hoy, busca a alguien que el mundo ignore (un anciano, alguien que esté pasando una mala racha, o incluso ese compañero de trabajo al que nadie escucha). Tu reto es hacerle sentir que es importante. Sé el reflejo del rostro de Dios, ese que «brilla» sobre los demás.

Bendiciones. Hasta mañana, si Dios quiere.

Escúchalo:

Salmo 30 B

 

Piedad, Señor, que estoy en peligro:
se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.

Mi vida se gasta en el dolor;
mis años, en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.

Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil.

Oigo las burlas de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.

Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano está mi destino:
líbrame de los enemigos que me persiguen;
haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.

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