
Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola. Él les dijo: «¿Tan torpes sois también vosotros? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón, sino en el vientre, y se echa en la letrina.»
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¿Quién es más fuerte la bondad o la maldad?
El salmista ya no está llorando en un rincón, está de pie en el tribunal exigiendo que la verdad salga a la luz.
En esta tercera parte el salmista describe la situación de acusación malvada en la que se mueve, acude a Dios como juez y de nuevo brota de su corazón un canto de acción de gracias que es duradero en el tiempo (todo el día).
¿En manos de quién está tu reputación? ¿Cuánto importa en tu vida lo que dicen los otros: mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo? Del 1-10, ¿cuánto?
El salmista pide que la vergüenza cambie de bando: que pase del inocente al que trama la mentira. Es un recordatorio de que, aunque el mal haga mucho ruido («abren sus fauces», «se carcajean»), el silencio de Dios tiene la última palabra.
Herramientas
🗣️Jaculatoria:
«Señor, no te quedes lejos; ¡despierta en defensa de mi causa!»
Otro Mantra: Y mi lengua anunciará tu justicia y tu alabanza todo el día.
🎯 Reto del día: «Cambio de Narrativa». Identifica ese miedo a que «otros ganen» o se rían de ti. El reto es sustituir el pensamiento de derrota por la frase final del salmo: «Sea enaltecido Dios, que da la paz a su siervo». Hoy, en lugar de ensayar argumentos para tu defensa, ensaya tu canción de gratitud. El juicio ya está ganado en lo Alto.
Alegría y Paz.
Escúchalo o léelo:
Estamos en Pascua, tiempo de Pascua. Es tiempo de Resurrección. Se recuerdan las apariciones de Jesús resucitado durante cincuenta días —desde la Resurrección hasta Pentecostés— en las que los apóstoles y los discípulos se encuentran con él.
Salmo 34 C
Que no canten victoria
mis enemigos traidores,
que no se hagan guiños
los que me odian sin razón;
porque hablan de paz
y contra los pacíficos de la tierra
traman planes siniestros.
Abren sus fauces contra mí; se carcajean:
Lo han visto nuestros ojos.
Tú lo has visto, Señor, no te calles,
Dueño mío, no te quedes lejos.
Despierta, levántate en mi juicio,
en defensa de mi causa, Dios y Dueño mío.
Júzgame según tu justicia, Señor Dios mío,
y no se reirán de mí,
ni pensarán: ¡Qué bien, lo que queríamos!;
tampoco dirán: ¡Lo hemos devorado!
Sean avergonzados y confundidos a una
los que se alegran de mi desgracia;
cúbranse de vergüenza e ignominia
los que se envalentonan contra mí.
Que se alegren y griten de júbilo
los que desean mi victoria,
y digan siempre: Sea enaltecido el Señor,
que da la paz a su siervo.
Y mi lengua anunciará tu justicia
y tu alabanza todo el día.
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