
«Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas; porque ellos aman el orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público»
🛡️ Salmo 77 (C)| «Corazón de Carne y Misericordia Divina»
El tercer bloque del Salmo que estamos viendo retorna a las maravillas divinas y cómo se repite la tentación del pueblo y la reacción airada de Dios.
Al final Yahvé elige en favor de Judá y de David. Porque el mal no es el final de la historia, sino que, a pesar de la infidelidad del pueblo, el resultado es la esperanza y la ternura de Dios. Solo basta con recordar lo que Dios ha hecho en el pasado.
La historia es la escuela de la vida, en la que aprendemos a ser dichosos.
¡Qué fácil es caer en la «oración del náufrago» (me acuerdo de santa Bárbara, cuando truena)! Prometer el cielo y la tierra cuando estamos en medio de un problema de salud, una crisis económica o un examen, y olvidarnos por completo del compromiso en cuanto sale el sol.
🗣️ Herramientas
Jaculatoria: Se acordaban de que Dios era su roca.
O también: Madrugaban para volverse a Dios.
Reto del día: «La Oración Sin Pedir». Hoy, cuando busques tu momento de oración o de silencio, vas a prohibirte pedir nada para ti. El reto consiste en dedicar ese espacio exclusivamente a dar gracias, a alabar a Dios por lo que es y a pedir perdón con sinceridad por las veces en que tu corazón ha sido inconstante. Busca una relación madura y limpia con tu fe. 🙏 ✍️
Escúchalo:
📱 ¡Dios conoce tu fragilidad y te ama así! 🌾🛡️✨ ¡Madruga hoy: da gracias, purifica intenciones y camina con paz! 🙌❤️🌅
Salmo 77 C
Y, con todo, volvieron a pecar,
y no dieron fe a sus milagros:
entonces consumió sus días en un soplo,
sus años en un momento;
Y, cuando los hacía morir, lo buscaban,
y madrugaban para volverse hacia Dios;
se acordaban de que Dios era su roca,
el Dios Altísimo, su redentor.
Lo adulaban con sus bocas,
pero sus lenguas mentían:
su corazón no era sincero con él,
ni eran fieles a su alianza.
Él, en cambio, sentía lástima,
perdonaba la culpa y no los destruía:
una y otra vez reprimió su cólera,
y no despertaba todo su furor;
acordándose de que eran de carne,
un aliento fugaz que no torna.
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