Salmo 142, sáname, veintiséis de enero

Este salmo es la oración del agotamiento confiado. El orante reconoce su fragilidad sin máscaras: no se justifica, no se defiende, se entrega a la fidelidad y a la justicia de Dios.

La oscuridad es real: persecución, tiniebla, sequedad interior. Pero en medio de todo surge un gesto decisivo: recordar. La memoria de las obras de Dios se convierte en fuente cuando el corazón está reseco.

Salmo 118 IV- D, ¿a quién le cuentas?, once de marzo

Y Jesús les decía a los fariseos: «El sábado se hizo para el hombre y […]

Salmo 132, La Bendición de la Unidad, once de agosto

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi […]