Salmo 87, con el alba, dos de julio

Señor Dios mío, Tú que escuchas el grito que nace desde lo profundo del abismo, atiende hoy mi clamor. Cuando sientas que mis ojos se nublan de pesar, que las dificultades me encierran y que mis fuerzas fallan como las de un inválido, no te alejes. Aunque me cueste ver Tu luz y sienta que mi única compañía son las tinieblas, mantén mi alma unida a Ti. Recibe mi súplica sincera por la mañana, por el día y por la noche. Amén.

Salmo 68 A, con el agua al cuello, dos de junio

En aquel tiempo, Jesús tomó la palabra y dijo: «Tomad mi yugo sobre vosotros y […]

Salmo 37 A, ni un hueso sano, dieciocho de abril

En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el […]

Salmo 10, sus ojos observan, diecisiete de febrero

Cuando veas injusticias en tu trabajo, en tu familia o en el mundo, no reprimas tu sentimiento. Haz como el salmista: dile a Dios que te parece que está lejos. La fe no es negar la realidad, sino presentar esa realidad ante el Único que puede cambiarla. Al final, el Salmo 10 nos recuerda que Dios es el «Padre de los huérfanos» y que Él escucha el deseo de los humildes.

Salmo 65 B, Venid a escuchar, veintiséis de agosto

Entonces Jesús les respondió: Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y […]