En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «¿Habéis oído que se dijo: “‘Amarás a […]
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «¿Habéis oído que se dijo: “‘Amarás a […]
Señor Dios, en los momentos en que la angustia apriete y la agitación no me deje hablar, calma mi corazón con Tu paz. Aleja de mí la tentación de creer que Tu misericordia se ha agotado. Elijo hoy recordar Tus antiguas proezas en mi historia personal. Sé que Tus caminos son santos y que, aunque te abras paso por aguas caudalosas sin dejar rastro visible, Tu mano fuerte me sigue guiando cada mañana. En Tus manos invisibles pero seguras me encomiendo hoy. Amén.
Este Salmo 21 A, Abandono, comienza con el grito de abandono, pero no es un grito de falta de fe, sino de intimidad herida. El salmista se describe como «agua que se derrama» o «cera que se derrite», imágenes perfectas de la depresión y el agotamiento extremo. Lo impresionante es que, a pesar de sentirse como un «gusano», sigue llamando a Dios «Fuerza mía». Nos enseña que el lamento es una forma sagrada de oración: a Dios no le asustan nuestras quejas ni nuestras dudas.
Lo más poderoso de este salmo es la distinción entre las fuentes de confianza. El mundo dice: «Unos confían en sus carros, otros en su caballería» (hoy serían el dinero, los contactos o el currículum). Pero el creyente dice: «Nosotros invocamos el nombre del Señor». No es que los recursos humanos sean malos, es que son insuficientes. La verdadera victoria es la que Dios concede al «ungido», es decir, a aquel que pone su misión en manos de la voluntad divina.
Cuando veas injusticias en tu trabajo, en tu familia o en el mundo, no reprimas tu sentimiento. Haz como el salmista: dile a Dios que te parece que está lejos. La fe no es negar la realidad, sino presentar esa realidad ante el Único que puede cambiarla. Al final, el Salmo 10 nos recuerda que Dios es el «Padre de los huérfanos» y que Él escucha el deseo de los humildes.
Hay una frase que es el corazón de este texto: «Él no olvida jamás al pobre». En un mundo que a menudo ignora a los pequeños o a los que no tienen voz, el Salmo 9B nos asegura que Dios lleva un registro de cada lágrima y cada injusticia. La «venganza» de la que habla el salmo no es odio, sino el restablecimiento del orden y la verdad.
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. […]