Salmo 148, alabanza cósmica, tres de febrero

Jesús les dijo: No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no haya nada […]

Salmo 26, dos de febrero, fiesta de las candelas

Simeón tomó en brazos  al niño Jesús y bendijo a Dios, diciendo: “Señor, ya puedes […]

Salmo 147, paz en las fronteras, uno de febrero

Les enseñó muchas cosas con parábolas y les decía instruyéndolos: «Escuchad: salió el sembrador a […]

Salmo 146, el número de las estrellas, treinta y uno de enero

Jesús les preguntó: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». Y mirando a los que […]

Salmo 145, ¡Soy Peregrino!, treinta de enero

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Perdonad, y seréis perdonados; dad, y se […]

Salmo 144 B, endereza, veintinueve de enero

Jesús dijo: «El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el […]

Salmo 144 A, bueno con todos, veintiocho de enero

Este salmo nos introduce en la alabanza pura, aquella que no nace de la urgencia ni del peligro, sino del reconocimiento amoroso de quién es Dios.
Después del clamor y la súplica de los salmos anteriores, el orante se detiene y proclama:
Dios reina, Dios es bueno, Dios permanece.

Entrar en este salmo es cruzar del combate a la contemplación agradecida.

Salmo 143, extiende la mano, veintisiete de enero

Este salmo une dos movimientos profundos: la fuerza que viene de Dios y la pequeñez del ser humano.
Dios es roca, defensa, maestro del combate; pero el hombre es apenas soplo, sombra que pasa.

No hay contradicción: precisamente porque el ser humano es frágil, necesita apoyarse en la Roca. La victoria no nace de la violencia, sino de la confianza en Aquel que desciende, interviene y salva.

El salmo culmina en alabanza: después de la lucha, el canto nuevo. La fe transforma el combate en música y la supervivencia en gratitud.

Salmo 142, sáname, veintiséis de enero

Este salmo es la oración del agotamiento confiado. El orante reconoce su fragilidad sin máscaras: no se justifica, no se defiende, se entrega a la fidelidad y a la justicia de Dios.

La oscuridad es real: persecución, tiniebla, sequedad interior. Pero en medio de todo surge un gesto decisivo: recordar. La memoria de las obras de Dios se convierte en fuente cuando el corazón está reseco.

Salmo 141, indícame el Camino, veinticinco de enero

Este salmo es la oración de la soledad extrema. El orante no disimula: está cansado, rodeado de trampas, sin apoyos humanos. Mira a un lado y a otro… y no hay nadie.

Pero en ese vacío emerge una confesión decisiva: “Tú eres mi refugio”