Jesús les dijo: No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no haya nada […]
Salmo de cada día con una reflexión del Dr. Gumersindo Meiriño Fernández
Jesús les dijo: No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no haya nada […]
Simeón tomó en brazos al niño Jesús y bendijo a Dios, diciendo: “Señor, ya puedes […]
Les enseñó muchas cosas con parábolas y les decía instruyéndolos: «Escuchad: salió el sembrador a […]
Jesús les preguntó: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». Y mirando a los que […]
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Perdonad, y seréis perdonados; dad, y se […]
Jesús dijo: «El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el […]
Este salmo nos introduce en la alabanza pura, aquella que no nace de la urgencia ni del peligro, sino del reconocimiento amoroso de quién es Dios.
Después del clamor y la súplica de los salmos anteriores, el orante se detiene y proclama:
Dios reina, Dios es bueno, Dios permanece.
Entrar en este salmo es cruzar del combate a la contemplación agradecida.
Este salmo une dos movimientos profundos: la fuerza que viene de Dios y la pequeñez del ser humano.
Dios es roca, defensa, maestro del combate; pero el hombre es apenas soplo, sombra que pasa.
No hay contradicción: precisamente porque el ser humano es frágil, necesita apoyarse en la Roca. La victoria no nace de la violencia, sino de la confianza en Aquel que desciende, interviene y salva.
El salmo culmina en alabanza: después de la lucha, el canto nuevo. La fe transforma el combate en música y la supervivencia en gratitud.
Este salmo es la oración del agotamiento confiado. El orante reconoce su fragilidad sin máscaras: no se justifica, no se defiende, se entrega a la fidelidad y a la justicia de Dios.
La oscuridad es real: persecución, tiniebla, sequedad interior. Pero en medio de todo surge un gesto decisivo: recordar. La memoria de las obras de Dios se convierte en fuente cuando el corazón está reseco.
Este salmo es la oración de la soledad extrema. El orante no disimula: está cansado, rodeado de trampas, sin apoyos humanos. Mira a un lado y a otro… y no hay nadie.
Pero en ese vacío emerge una confesión decisiva: “Tú eres mi refugio”